Internet de las Cosas: beneficios, y riesgos, para empresas y consumidores

Una familia chilena se encontraba celebrando el día de Año Nuevo en la playa de Mejillones, al norte del país, cuando avistaron una ballena jorobada que parecía estar en problemas. Decidieron acercarse con su barca para comprobar si necesitaba ayuda y, al llegar, se dieron cuenta de que el cetáceo de unos 9 ó 10 metros de largo tenía la cola atrapada en una red de pescadores. Finalmente, tras varios intentos, lograron cortar la red con un cuchillo y liberarla. El video de esta peligrosa maniobra, grabada en GoPro por uno de los hijos de la familia, dio la vuelta al mundo. Juan Menares, el padre, especialista en turismo náutico, declaró a los medios chilenos: “hay que darle un seguimiento más importante a estas ballenas; hay gente que pone redes sin saber el rumbo que toman estos animales”.

Las redes que pierden los pescadores —llamadas redes fantasmas— ponen en peligro la vida de los grandes cetáceos con demasiada frecuencia y además contribuyen a aumentar la alarmante masa de plástico que flota en nuestros mares. Sin embargo, el Internet de las Cosas (IoT, por sus siglas en inglés), un término tecnológico que está muy de moda en el ámbito empresarial, está trabajando para evitar que se repitan casos como el ocurrido a principios de año en Chile. En concreto, tres inventores españoles han creado un sistema, llamado Remora, que utiliza el IoT para combatir las redes fantasmas que matan la vida en nuestros océanos y lo contaminan.

Si todavía no estás familiarizado con el IoT, te preguntarás qué es y cómo funciona. Alex Sicart, de 17 años y cofundador de la startup Sharge, una empresa que facilita la reserva de puntos de recarga de coches eléctricos en viviendas particulares, lo define de la siguiente manera: “El IoT consiste en conectar un objeto cualquiera a Internet con el objetivo de conocer el estado en que se encuentra ese objeto. Posteriormente se clasifica la información obtenida de él y se le da un sentido”. Y añade que, “en definitiva, es darle poder a un objeto para que sea visible para cualquier persona en cualquier parte del mundo”.

Aplicación empresarial

Con Remora los barcos pesqueros podrán conocer en todo momento la exacta localización de las redes cuando éstas se rompan o se pierdan gracias a la incorporación de unas etiquetas conectadas a Internet que envían información a un smartphone a través de una aplicación. “Las transformamos en objetos inteligentes”, dice Alejandro Plasencia, uno de los inventores. Plasencia añade que la idea detrás de Remora, que comenzó como proyecto académico y ahora busca fondos para seguir avanzando, “era diseñar un sistema que ayudara desde un punto de vista medioambiental, pero que también hiciera la actividad agropecuaria más económica para fomentar la implantación del mismo por parte de la industria”.

Los recién graduados esperan mejorar la eficiencia de la pesca industrial con su novedoso sistema. Hoy en día, explica Plasencia, “las redes usadas en los barcos atuneros son enormes paños de nailon que llegan a alcanzar los 200 m de ancho y 1.200 m de largo. Cada vez que se recoge o usa la red, se rompe. Algunos de esos trozos se quedan en el mar. Los pescadores suelen reparar la red a bordo tras un día largo de pesca. Sin embargo, si hay algún defecto en la misma que supera el conocimiento de la tripulación, se suele traer al maestro redero de la flota en helicóptero para solucionar el problema. Es una industria compleja y con un consumo energético desorbitado. Uno de los principales retos del proceso es que los arreglos se realizan en un espacio reducido: la cubierta de un atunero”.

Al final de la recogida, “la aplicación [de Remora] muestra al redero qué partes de la red faltan y dónde debe intervenir para solucionar incidencias graves, en vez de buscar manualmente. Además, si hay trozos perdidos en el mar se puede proceder a su recogida o declarar las coordenadas de su pérdida, para facilitar el trabajo a organizaciones de reciclado de redes como Healthy Seas Org”, destaca el inventor.

En definitiva, el sistema permite “prescindir de personal a bordo, reducir los desplazamientos en helicóptero de los rederos dentro de la flota (muy comunes) y recortar el tiempo de largada de la red. Además, disminuye la cantidad de residuos vertidos en el mar y reduce el tiempo de búsqueda de organizaciones como Healthy Seas”, añade.

Beneficios para el consumidor

En el caso de Sharge, Sicart señala que el IoT ha permitido entregar el poder al punto de recarga de autos eléctricos que, al estar conectado a Internet, puede informar a los conductores, a través de una aplicación de teléfono móvil, de si hay algún usuario que ya está conectado a un punto específico, cuánta carga ha realizado y si el aparato está operativo o no. De esta manera, el usuario conoce el estado del punto de recarga en cualquier momento, desde cualquier lugar y, según esa información, toma la decisión de reservarlo o no para su uso personal.

Sicart añade que actualmente la gente hace un uso muy cotidiano del IoT sin que apenas repare en ello. Hace unos años, dice, “necesitábamos que nuestra impresora estuviera conectada a un cable y a un computador para imprimir un documento”. Ahora, con un móvil, y desde cualquier parte del mundo, podemos imprimir ese documento: “Si voy en el metro de camino a casa y quiero tenerlo imprimido cuando llegue allí, tan solo tengo que seleccionar el fichero en mi móvil y dar a imprimir. Lo mismo ocurre con las casas inteligentes. Cuando todas las cosas del hogar estén conectadas, como la cafetera, la televisión, las persianas, etc. podremos programarlas para accionarlas de forma remota”, señala.

Sicart describe otro ejemplo de cómo el IoT puede contribuir a mejorar nuestras vidas: “Hace un tiempo participé en un proyecto en que unas plantillas conectadas a Internet enviaban información a un teléfono móvil sobre la pisada y la posición de la espalda de las personas que las utilizaban. En base a esa información podían conocer si caminaban de manera incorrecta y cómo debían modificar la forma de andar para mejorar su salud”.

Pero no todo son aspectos positivos. El incremento de la conectividad también implica mayor vulnerabilidad para los usuarios, porque siempre habrá hackers dispuestos a robar nuestra privacidad o vaciarnos las cuentas corrientes. Sicart quita algo de hierro al asunto al indicar que la seguridad de las cosas conectadas corre a cargo de las empresas que “son las que disponen de mayor capital y más invierten en ello. Se está avanzando mucho en seguridad y hay una mayor implicación por parte de las empresas en tratar de asegurarla”. Pero añade que los usuarios también deben tomar conciencia de los peligros y poner su granito de arena mediante la creación “de claves dignas o la utilización de un gestor de llaves. Yo, por ejemplo, uso contraseñas con hasta 60 dígitos”.

En el futuro prácticamente todas las cosas que usaremos a diario, como los coches autónomos de los que tanto se habla, estarán conectados a Internet. En opinión de Sicart, esto se traducirá en “menos accidentes y mayor seguridad”. En general, “el IoT significará un gran avance para la sociedad”, concluye.

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