Big Gulp: La prohibición de refrescos en Nueva York y la batalla contra las bebidas azucaradas

Hace dos años, Spencer Pearlman, ahora estudiante de último año de la escuela secundaria Cooper City en Cooper City, Florida, participó en un comercial de televisión de 30 segundos para promover bebidas más saludables en las escuelas, para la Asociación Estadounidense de Bebidas (ABA, por sus siglas en inglés), una organización no lucrativa que representa a la industria de bebidas refrescantes sin alcohol. Pearlman nunca ha sido un gran bebedor de refrescos (disfruta de una Sprite semanal que compra en su tienda local de comestibles Publix), pero para él el mensaje del anuncio de servicio público fue muy poderoso. “Se centró en los estudiantes y habló acerca de todas las empresas de bebidas que trabajan juntas con el mismo objetivo de eliminar las bebidas calóricas de las escuelas y reemplazarlas con otras bebidas, para ofrecer a los estudiantes mejores opciones con [menos] calorías”, dice Pearlman. “Creo que quitar los refrescos de las máquinas expendedoras tendría un gran impacto. Los niños las beben porque son fáciles de conseguir”.

Consecuencias no muy dulces

Mientras que la campaña de la ABA en las escuelas ha tenido sin duda un impacto, muchas personas creen que no es suficiente cuando se trata de restricciones a bebidas azucaradas. El sabor del refresco puede ser dulce, pero las consecuencias potenciales de las calorías vacías (obesidad, diabetes, mortalidad más alta y altísimos costos por cuidado de la salud) no lo son. En los últimos años, la respuesta de muchos estados y ciudades ha sido la de proponer impuestos u otras iniciativas destinadas a reducir el consumo de refrescos y otras bebidas endulzadas.

Una de las propuestas más llamativas es la “prohibición de refrescos” del alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, que prohíbe la venta de bebidas azucaradas de más de 0,47 litros (incluyendo refrescos, bebidas deportivas y cafés y tés endulzados) en restaurantes, carritos de comida, repartos a domicilio y puestos de concesión en cines, estadios y arenas. La prohibición, que fue aprobada por la Junta de Salud de la ciudad el jueves 13 de septiembre, no se aplica a los refrescos vendidos en supermercados o tiendas de conveniencia.

“Hay una gran probabilidad de que la prohibición de refrescos sea el próximo McLean”, una opción de hamburguesa más saludable añadida al menú de McDonald’s en 1991, que no logró hacerse popular entre los clientes, afirma Brian Wansink, profesor de Marketing de Cornell y Director del Laboratorio de Alimentos y Marcas de la escuela. “Durante los 10 años posteriores [a la presentación de ese producto], las compañías de comida rápida no se decidían a vender nuevos productos para incentivar la [consciencia de la salud], porque no querían ser el próximo McLean”.

La prohibición de refrescos es una apuesta similar, señala, porque “es visible, controversial y si no tiene un éxito abrumador, la gente verá todos los esfuerzos de salud pública posteriores con un desdén y una desconfianza tremendos”. Y las probabilidades no juegan a favor de la prohibición o de un número cada vez mayor de esfuerzos en otras ciudades para gravar las bebidas azucaradas, añade Wansink. Como evidencia, cita los 150 años de investigación económica que demuestran que “si la gente realmente quiere algo, va a encontrar una manera de comprar lo que quiere”.

A pesar de su anterior afiliación a ABA, Pearlman está de acuerdo. “No creo que se deban prohibir los refrescos porque están relacionados con la obesidad en los niños, porque todo el mundo tiene el derecho de tomar decisiones”, señala. “Si prohíbes algo y la gente lo quiere, va a encontrar una manera de conseguirlo. Es mejor aplicarles impuestos y utilizar el dinero para algo bueno, como educar a la gente sobre los peligros de la obesidad”.

Algunos expertos argumentan que las prohibiciones o impuestos podrían darle a los consumidores una pausa, ya sea debido a una mayor conciencia sobre los riesgos de salud asociados con el consumo de demasiados refrescos, o, en el caso de un impuesto, porque las bebidas serán más caras. Pero otros temen que tales métodos para reducir la obesidad tendrán una serie de consecuencias no deseadas, incluso perjudicando a estadounidenses de bajos ingresos, muchos de los cuales ya sufren de una falta de opciones de alimentos asequibles.

“Es un callejón sin salida”, dice la profesora de enfermería y epidemiología de la Universidad de Pensilvana Karen Glanz. “En este caso, la industria [alimenticia] está vendiendo productos legales que no podemos decir que son “tan malos”, como podríamos decir sobre el tabaco… Si los [defensores de la salud] no colaboran con la industria alimenticia”, y en cambio siguen arremetiendo contra ella, “[la industria] se comprometerá más a socavar las iniciativas a favor de la salud”.

A diferencia de la prohibición de refrescos, el cobro de impuestos sobre las bebidas azucaradas sirve para un segundo propósito, combatir los problemas presupuestarios de muchas ciudades. “La buena noticia es que, en cierto modo, los impuestos de las bebidas endulzadas pueden ayudar” a mitigar problemas de salud y presupuestarios, señala Mark Pauly, profesor de Gestión de la Salud de Wharton. Pero el efecto será limitado. Los impuestos “no van a recaudar todo el dinero que las ciudades necesitan, ni reducirán de manera importante el problema de la obesidad”.

Un mar de productos insalubres

En la actualidad, 30 estados aplican un impuesto sobre las ventas, con un promedio del 5% sobre las compras de refrescos. En Richmond, California, algunos funcionarios de la ciudad están adoptando un enfoque diferente: en la boleta electoral de noviembre se incluirá una propuesta para un impuesto al consumo de un centavo cada 30 ml sobre las bebidas azucaradas vendidas, servidas o proporcionadas de otra manera por tiendas, restaurantes y otros negocios. La propuesta está estructurada como una tasa de licencia comercial, lo que significa que correspondería a los comerciantes decidir cómo, o si pasarían el impuesto a los consumidores. Si los votantes la aprueban, la iniciativa sería la primera de su tipo en los EE.UU., según The Wall Street Journal. Otras ciudades pueden seguir el ejemplo de Richmond: recientemente, la ciudad de El Monte, California, también ha planteado una medida fiscal sobre los refrescos en su boleta electoral de noviembre.

Quienes se oponen a los proyectos de ley en Richmond y El Monte, liderados por la Asociación Estadounidense de Bebidas, han argumentado que la legislación dañaría a los residentes de bajos ingresos y a las empresas locales, mientras que injustamente apuntaría sólo a uno en un mar de productos insalubres que están a la venta en los estantes de supermercados y tiendas de conveniencia de todo el país. Según Reuters, los críticos también han señalado que, si bien las tasas de obesidad en los EE.UU. están subiendo, el consumo total de refrescos calóricos ha disminuido.

Según Kelly D. Brownell, directora del Centro Rudd para Política Alimentaria y Obesidad de la Universidad de Yale, un impuesto al consumo posiblemente afectaría el precio de etiqueta de las bebidas azucaradas, lo que podría hacerlo más efectivo que un impuesto sobre las ventas con un consumo reducido. “Con un impuesto sobre las ventas, no se llega a ver el costo adicional hasta que llegas a la caja registradora”, dice Brownell, quien, en un artículo de opinión de 1994 en el New York Times, fue uno de los primeros en aportar la idea de un impuesto sobre los alimentos insalubres en un foro público. Sin embargo, Glanz señala que “que el impuesto efectivamente logre una reducción en las compras de refrescos azucarados puede depender de cómo se implemente”. Frente a la presión de la industria de las bebidas, los minoristas pueden alterar de forma deliberada los impuestos, por ejemplo, haciéndolos pasar a través de precios más altos para las verduras u otros alimentos básicos, manteniendo bajo el precio de las bebidas azucaradas. “No creo que las leyes [incluyan] cualquier responsabilidad para el público o el Gobierno en cuanto a cómo recuperan el “impuesto diferido”, dice.

La Asociación Americana de Bebidas ha gastado millones de dólares para luchar contra la propuesta de impuestos sobre los refrescos en todo el país. En Richmond, que, junto con El Monte, tienen uno de los más altos índices de obesidad infantil de California, la ABA ha financiado carteles criticando el proyecto de ley y se comprometió a gastar más para combatir su aprobación, informó Reuters. El grupo está respaldando una demanda en El Monte que desafía el lenguaje del impuesto sobre los refrescos propuesto en esa ciudad.

Pero las grandes compañías de bebidas (muchas de ellas empresas multinacionales con diversas líneas de productos) podrían tener menos que temer de los impuestos o las prohibiciones de refrescos de lo que sus esfuerzos para luchar contra ellos podrían indicar, según el profesor de Finanzas de Wharton Robert Inman. “Si yo fuera Pepsi y me comenzaran a gravar los refrescos, produciría bebidas sin azúcar como el agua”, afirma Inman. “¿Cuántos puestos de trabajo [netos] se perdieron a causa de los cigarrillos? Phillip Morris compró Frito-Lay y vendía cigarrillos en África”.

Preguntas

¿Por qué Brian Wansink compara la prohibición de refrescos de Nueva York con la McLean de McDonald’s?

¿Cuál es la diferencia entre un impuesto al consumo y un impuesto sobre las ventas, y por qué algunos creen que un impuesto al consumo es más eficaz para reducir el consumo de bebidas azucaradas?

¿Tu escuela ha retirado refrescos y bebidas azucaradas de las máquinas expendedoras? Si es así, ¿qué piensas de esto? En caso contrario, ¿deberían hacerlo? ¿Cómo podrías colaborar con este esfuerzo o impedirlo?

Enlaces relacionados

“Si yo fuera Pepsi y me comenzaran a gravar los refrescos, produciría bebidas sin azúcar como el agua.”
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One Response to Big Gulp: La prohibición de refrescos en Nueva York y la batalla contra las bebidas azucaradas

  1. angel.dise@hotmail.com says:

    esta muy bien que lo proivan estos refrecos traen muchos quimicos

    participación en el mercado

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