El desvío de una joven banquera de inversión hacia el emparejamiento altruista

A los 21 años, justo después de obtener el título de licenciatura, Rachael Chong tomó un trabajo en la banca de inversión en la ciudad de Nueva York. A ella y sus jóvenes compañeros “ibankers” se les animó a que compaginaran su trabajo con algún voluntariado ocasional. Así que se inscribió en un proyecto y se encontró, a pesar de ser una mujer pequeña de 5’2”, arrastrando troncos a través de un patio escolar en el Bronx. “Estaba haciendo trabajos manuales, y realmente no encajaban con mis talentos”, cuenta Chong de esta experiencia. “Fue frustrante”.

Buscó en Internet para encontrar una oportunidad de trabajo voluntario que le permitiese usar sus habilidades financieras recién adquiridas. Pero después de seis meses de buscar prácticamente todos los días, todavía no había dado con un proyecto que encajase bien con lo que ella quería. Ahí tuvo una idea.

Encontrar un ‘buen’ candidato

Cinco años después, lanzó Catchafire. Catchafire, una “empresa de misión social” con fines de lucro, pone en contacto a profesionales con organizaciones sin fines de lucro que tienen una gran necesidad de sus habilidades. Chong es tanto la fundadora como la Directora Ejecutiva, y ha visto florecer a la organización en tres cortos años: Catchafire ahora tiene 10.000 voluntarios y 2.500 organizaciones sin fines de lucro en su base de datos. “Nuestra misión más grande es atraer talento y servicios profesionales de alta calidad al sector del bien social”, explica Chong. “Y lo estamos haciendo a través de esta manera innovadora, que son las relaciones de emparejamiento voluntarias.

Catchafire les cobra a las ONG una “tarifa por enlace”, que se ajusta en base a una escala variable, por publicar sus proyectos en la base de datos. Esta tarifa provee una corriente pareja de ingresos, explica Chong, pero también asegura que las ONG se comprometan en el proceso antes de contratar a un voluntario.

Los voluntarios potenciales no tienen que pagar nada para ofrecer sus servicios, a pesar de que tienen que completar un formulario. Comienzan subiendo su curriculum vitae a la base de datos de Catchafire. La información de antecedentes, habilidades e intereses, y luego se ejecuta un algoritmo, que los hace coincidir con los proyectos en los que encajarían bien.

Brooke Rothman, quien trabaja en publicidad en la ciudad de Nueva York, se convirtió en voluntaria de Catchafire a principios de este año, cuando estaba buscando trabajo. “Quería mantenerme fresca, para asegurarme de que todavía estaba haciendo las cosas que me gustan”, cuenta Rothman.

Así que completó un formulario con Catchafire, y pronto se encontró trabajando en un proyecto de mensajería para una pequeña ONG de India que apoya a los chicos de menores recursos. Pasó un promedio de cinco horas por semana en el proyecto durante el transcurso de unos pocos meses y encontró que la experiencia fue increíblemente gratificante.

La mujer con la que Rothman estuvo trabajando “le dijo que sentía que había encontrado oro cuando dio con ella”, cuenta Rothman. “Casi quería llorar. Fue un reconocimiento muy grande”.

“Sería excelente que más organizaciones conocieran Catchafire y pusiesen sus proyectos allí”, agrega Rothman, quien ya se apunto a un segundo período de trabajo voluntario. “Me encantaría que se difundiese a los potenciales voluntarios. Es un lindo recordatorio de que sí marcas una diferencia”.

Conectar a nivel humano

Esa es la clase de impacto que Chong soñó con tener durante mucho tiempo. Nacida en Australia, Chong se mudó a China cuando tenía 8 años porque su madre trabajaba para el Servicio Exterior australiano. Vivió en la región hasta que la dejó para ir a la universidad, acudiendo a la escuela internacional en Beijing y a la escuela estadounidense en Taipei.

En ese entonces, a principios y mediados de los 90, China era “directamente considerada un país del mundo en vías de desarrollo”, explica Chong; había pobreza por todos lados. Como adolescente, tuvo su primera experiencia de voluntariado en un orfanato lleno de niñas chinas que habían sido abandonadas por sus padres.

Años después, luego de conseguir su título de pregrado (licenciatura) en Barnard College en la ciudad de Nueva York, Chong pasó tiempo en América central y del sur, en el este de África y Bangladesh. Esas experiencias la conmovieron, cuenta Chong, y comenzó a conectarse “a nivel humano” con la gente que conocía en los viajes. “Esta gente era obviamente igual que yo, pero había nacido en circunstancias diferentes por alguna razón a la que no podemos encontrarle sentido”, explica.

De regreso en los Estados Unidos, Chong obtuvo una Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Duke, luego consiguió un trabajo ayudando a establecer la filial en EE.UU. de BRAC, la organización no gubernamental más grande del mundo. Luego llegó Catchafire.

Eso fue hace casi tres años, y Chong dice que nunca miró atrás; está demasiado ocupada pensando en a dónde desea llevar a la organización a continuación. Sueña a lo grande: en 10 años más, Chong espera que Catchafire, que actualmente tiene un personal de 20 empleados, sea un nombre reconocido tanto entre los profesionales como entre las ONG. “Siempre estamos buscando crecer y darnos empuje”, agrega, “porque tenemos una misión importante que lograr”.

 

Preguntas

¿Cómo se le ocurrió a Rachael Chong la idea de Catchafire?

¿Por qué dejó una carrera prometedora en la banca de inversión?

¿Cuán importante fue una perspectiva global en las decisiones acerca de la carrera de Chong?

¿Cómo podría hacer crecer a Catchafire para ayudarla a que se convierta en un nombre “reconocido”?

 

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“Esta gente era obviamente igual que yo, pero nacieron en circunstancias diferentes, por alguna razón a la que no podemos encontrarle sentido.”
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