Un objetivo común: Mejorar los barrios más necesitados de América Latina

El año pasado, Franco Luciani, un estudiante de medicina de 19 años de edad, estaba superando la etapa de seguridad que suponen los años de escuela y entrando en un periodo de incertidumbre que muchos adolescentes experimentan: dudas sobre qué camino elegir, cómo insertarse en el mercado laboral y emprender una carrera exitosa. Luciani, sabiendo que cada nueva experiencia ayuda a tomar decisiones informadas sobre el futuro, se unió a unos 400.000 estudiantes voluntarios de América Latina para formar parte de “Un Techo para Mi País” (UTPMP). Esta organización, fundada en 1997 por un grupo de estudiantes universitarios, involucra a  jóvenes que viven en 19 países de América Latina para ayudar a mejorar los barrios más necesitados en sus regiones.

“Me inicié en esta experiencia apenas cumplí los 18 años, cuando participé de una primera colecta organizada por UTPMP”, dice Luciani. “Luego me involucré en la construcción de viviendas y la organización de eventos para recaudar fondos. Ahora estamos por lanzar la Colecta Anual Nacional, que reúne 15.000 voluntarios en la calle y se realizará entre el 9 y el 10 de septiembre”, añade.

“Jóvenes construyendo una Latinoamérica sin pobreza”, es el lema de la campaña de esta organización sin fines de lucro, liderada por voluntarios como Mercedes Gregorini, una argentina de 22 años, estudiante de último año de periodismo que colabora con esta ONG desde hace 4 años. “Arranqué como voluntaria de Un Techo para Mi País apenas terminé el secundario, a los 19, porque había coordinado una misión del colegio que consistía en ayudar llevando alimentos y ropa a distintas familias de la provincia de Corrientes, donde íbamos solo una vez por año. Me sentía impotente por no poder hacer nada en concreto con esa gente”, cuenta Gregorini.

UTPMI plantea un modelo de intervención en la sociedad no asistencialista, es decir, sin participación política, que está integrado por tres etapas: construcción de viviendas de emergencia, participación del vecindario en el proyecto y creación de comunidades sostenibles. Gregorini y sus compañeros han logrado movilizar a cerca de 18 mil voluntarios argentinos en la construcción de más de 3.400 viviendas en 57 barrios del país; mientras que ya se inició la habilitación social de 32 barrios. “La forma de trabajar de la organización es mediante la aportación de conocimientos por parte de los jóvenes profesionales”, dice. “Esto te da un montón de herramientas de trabajo para aplicarlas en una empresa. La forma de organizarse en jerarquías, el nivel profesional, y el liderazgo de equipos son aprendizajes. Como voluntario te delegan tareas donde hay que manejar grupos de personas, dividir tareas, y esas habilidades se pueden aplicar en una empresa a nivel laboral”, asegura Mercedes Gregorini, quien ya trabaja en una empresa privada en el área de comunicación interna.

“Lo tomaba como un compromiso”

La primera etapa de desarrollo de UTPMI consiste en la construcción de viviendas de emergencia para solucionar la situación habitacional de personas de bajos recursos. “El primer barrio que visité en esta etapa estaba en Escobar, provincia de Buenos Aires, donde comencé la realización de encuentros con las familias necesitadas para evaluar su situación y priorizar sus necesidades según distintas encuestas”, relata Gregorini. “Iba los sábados a la mañana hasta el mediodía y lo tomaba como un compromiso”.

Las viviendas de emergencia se construyen sobre 15 pilotes que se aíslan del suelo para protegerlas de la humedad, plagas e inundaciones. Cuentan con 18 m2 sin servicios básicos y se arman fácilmente porque son prefabricadas, por eso su costo es de U$S 2.050. El 10% del valor de la vivienda es afrontado por la familia beneficiada para que demuestre su compromiso con el proyecto. En el armado de la casa participan los voluntarios y otros ciudadanos que se ofrecen a colaborar, incluso empleados de compañías que patrocinan la iniciativa.

En la segunda fase invitamos a los vecinos a participar y trabajar junto con los voluntarios para buscar soluciones a las problemáticas de cada asentamiento. La idea es generar planes de educación, de salud, de capacitación en oficios, la llegada de microcréditos y el asesoramiento jurídico, entre otras iniciativas.

“En la segunda etapa invitamos a los vecinos a participar de una reunión semanal para plantear situaciones y ver cómo resolverlas”, detalla Gregorini, que estudia en la Universidad Católica Argentina. La esencia de la segunda etapa, agrega, es que “los mismos vecinos tienen que mostrar sus capacidades. Son ellos los que conocen su barrio mejor que nadie, por eso apostamos a que sean ellos los que hagan el cambio. Nosotros queremos acompañarlos con formación, asesoramiento legal”.

En la última etapa, la organización plantea la concreción de un barrio unido y organizado como comunidad, que sea autosostenible y trabaje para gestionar soluciones definitivas que mejoren su calidad de vida. Este objetivo se ha podido lograr en Chile, pero Argentina todavía debe recorrer un largo camino porque la ONG comenzó a trabajar recién en 2006.

Así lo confirma Gregorini: “En Argentina todavía no hemos podido lograr que la villas marginadas pasen a ser comunidades sostenibles. El fin es lograr presencia del Estado, policía o servicios básicos, que puedan integrarse a la sociedad. Se conformen como cualquier otro barrio y dejen de ser irregulares [muchas villas de emergencia toman la electricidad en forma ilegal, por ejemplo] puedan contar con casas de material, ambulancias y otros servicios indispensables, como el transporte público”.

Buscar un objetivo común

Lo mismo opina Luciani: “Se trata de un trabajo paulatino, el cambio no es rápido, pero sí es un paso de hormiga que va a llegar a su meta de formar comunidades sostenibles. Se ven cambios en Habilitación Social cuando los vecinos se empiezan a juntar para construir las calles o la sede comunal para reunirse semanalmente. Ves barrios separados que empiezan a relacionarse y buscar un fin común”.

Luciani añade: “Todos los días aprendemos cosas nuevas y eso me puede ayudar en mi vida profesional como médico en el futuro. Aprendemos a trabajar en grupo y a aplicar proyectos desde cero; te enseñan a manejarte en la vida en general”.

Gregorini piensa continuar con su voluntariado al igual que cinco de sus seis hermanos, ya que “cada vez me convenzo más de que puedo cambiar algo”.

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