El Proyecto Hambre: Más allá de una política económica fría y estricta

Jesse Beyroutey tiene una teoría. En su opinión, Internet es el motivo por el que él y sus compañeros tienen una mayor conciencia social, es decir, sienten la necesidad genuina de ayudar a otros y devolverle a la sociedad parte de lo que les ha dado. “La gente aprende acerca de lo que está sucediendo en el mundo que les rodea y comienzan a prestarle la debida atención a los roles que deben desempeñar como profesionales para ser socialmente responsables”, dice Beyroute. Graduado de Manalapan High School en Manalapan, N.J, en el año 2007, Beyroute siempre había considerado la idea de combinar diferentes habilidades con el objetivo de ayudar a la gente, pero no tenía muy claro la manera de ponerlo en práctica. Todo cambió el verano posterior a su primer año universitario en la Wharton School de la Universidad de Pensilvania. Fue entonces cuando Beyroutey se dirigió a la ciudad de México con el fin de ofrecer asistencia gratuita a una ONG, una organización no gubernamental denominada “El Proyecto Hambre”. Beyroutey, actualmente estudiante senior en la universidad, reflexiona acerca de todos los conocimientos y habilidades adquiridos.

Tengo plena seguridad acerca de la repercusión social que, hoy en día, tiene la lucha contra la pobreza. Hay comerciales en televisión, recaudadores de fondos en la escuela y folletos informativos sobre cómo realizar donaciones en la caja del supermercado. Siempre hay una imagen, cuidadosamente diseñada para llegarte al corazón, de un niño pequeño desnutrido en territorios lejanos mirándote como pidiendo ayuda. Esa imagen cuenta la historia de alguien menos afortunado que tú que no tendrá qué comer esta noche. Puedes colaborar ahora mismo, y puedes hacerlo con un mínimo esfuerzo. Solo tienes que enviar un cheque y cenar en paz sabiendo que has hecho lo correcto. Así habrás aportado tu granito de arena.

Si ampliamos esta campaña a escala nacional, e incluso global, obtendremos muchas donaciones. El hambre parece ser un gran negocio en los últimos tiempos. Con todo ese dinero pasando de los que tienen a los que no poseen nada, uno puede imaginarse que mucha gente pobre está viviendo felizmente gracias a la generosidad de los estadounidenses más adinerados.

Pero algunos de nosotros no podemos darnos el lujo de tener semejante imaginación. Cualquier estudiante de una escuela de negocios sabe que mejorar la situación económica de los más pobres es una tarea mucho más compleja que la simple distribución de folletos a los necesitados. Los indigentes se encuentran atrapados en una red de injusticia social, corrupción gubernamental, decepción y escepticismo general. Arrojar dinero al problema, aunque parezca la solución más simple, no erradica los problemas de fondo.

El año pasado estudié ciencias empresariales en Wharton School, una de las escuelas de negocios más prestigiosas del mundo a nivel universitario. Debo decir que lamentablemente es cierto que los estudiantes de negocios pasan la mayor parte del tiempo aprendiendo cómo determinar qué método o solución no funciona. Pregunta acerca de la pobreza en el campus y tus nobles ideales se desmoronarán gracias a gente que suele pensar de forma práctica y no con el corazón.

Mi conciencia anhelaba algo con un significado mucho más profundo de lo que podría ofrecer conceptualmente la ideología de una escuela de negocios con intereses propios. Lo descubrí en Penn International Business Volunteers (PIBV), uno de los pocos grupos en el campus preocupado por encontrar soluciones efectivas para los problemas de desarrollo social. PIBV incentiva al alumnado a utilizar todos los recursos intelectuales en pos del beneficio social enviando estudiantes a diferentes regiones del mundo para que realicen trabajos de consultoría sin ánimo de lucro.

Después de dos semestres dedicados a la recaudación de fondos, contactando con organizaciones no gubernamentales (ONGs) y generando conciencia dentro del campus, surgió la oportunidad de unirme a un equipo de consultores de Penn para realizar un viaje a México en el mes de mayo de 2008. Se nos encomendó la tarea de trabajar para una asociación benéfica en las afueras de la ciudad de México denominada “El Proyecto Hambre”. Esta asociación tenía dificultades para encontrar inversores y convencer a quienes ya lo eran de que siguieran colaborando con la causa.

Mi equipo hizo los deberes. Durante las semanas previas al viaje, llevamos a cabo una amplia investigación acerca del entorno de esta ONG en México y aprendimos cada detalle sobre El Proyecto Hambre. Al leer la información proporcionada por el sitio web, la misión de dicho proyecto (THP, por sus siglas en inglés) parecía poco atractiva. Aparecía como una organización cuyo objetivo principal era el de elevar la autoestima y potenciar las cualidades personales a través de un taller que se centraba en el compromiso. El objetivo consistía en motivar psicológicamente a los mexicanos en situación de pobreza para que mejoraran sus condiciones de vida.

Éramos escépticos incluso antes de conocer a los integrantes de THP. Sin darle la más mínima oportunidad, descarté la idea del taller ya que me parecía ineficaz; era tan solo un conjunto de buenas intenciones, pero sin objetivos claros. Estos pensamientos estaban profundamente arraigados en mi mente debido a mi formación empresarial. Era imposible, en mi opinión, encontrar una manera de resolver el problema del hambre sin una política económica fría y estricta.

Tras nuestra llegada a México, noté que mis experiencias contrastaban tanto con mis conceptos que me sentí obligado a replantearme todo lo que sabía sobre desarrollo. Claudia, una de las administradoras de THP, cambió mi perspectiva de por vida cuando nos dio el taller del proyecto en cuestión, al revelarnos el verdadero valor de una actividad de potenciación de las cualidades del individuo. Aprendimos que los aldeanos mexicanos no solo se encuentran asolados por la carencia de fondos, sino también por la falta de colaboración en iniciativas para desarrollar actividades emprendedoras.

El taller demostró a los habitantes que las mejoras en calidad de vida únicamente pueden ocurrir mediante la visión de un objetivo claramente definido para sus comunidades y el compromiso de actuar en consecuencia según las pautas establecidas con antelación. Los folletos y los subsidios no ayudaban a erradicar el problema de la pobreza, pero la simple actitud de proyectar con la gente la construcción de caminos, escuelas básicas y microemprendimientos generaba en ellos un rayo de esperanza.

Las mujeres son el centro de atención de El Proyecto Hambre por una buena razón: los hombres en México, por lo general, desprecian las ideas y habilidades de sus esposas, dejándolas recluidas en sus casas y relegadas a tareas menores. Aprendimos mucho de Margarita, una mujer de Chiapas de 19 años, solo un año mayor que los integrantes de nuestro equipo. Ella había asistido a un taller de THP cuando tenía 10 años de edad, contra la voluntad de su padre, y allí aprendió cómo valerse por sí misma. En los años siguientes creció para convertirse en líder de su comunidad, organizando proyectos para mejorar las iglesias, ayudando a las mujeres a formar un consejo y construyendo nuevas vías para la educación de las jóvenes.

Al escuchar la historia de Margarita me convencí de la necesidad de motivar a otras personas y que ayudarlas a creer en sus propias capacidades adquiere una gran relevancia para generar un cambio genuino. No importa cuánta teoría aprendas en clase, la solución para los problemas de desarrollo social en general está más arraigada en la mente de cada ser humano que en la economía misma.

 Enlaces relacionados

“Cualquier estudiante de una escuela de negocios sabe que la economía de la pobreza es mucho más compleja que la simple tarea de distribuir folletos a los necesitados.”
This entry was posted in Artículos, Impacto Social. Bookmark the permalink. Follow any comments here with the RSS feed for this post.

Join the Discussion